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-Abuelo, ¡vuelve a contármelo otra vez!
El simpático querubín de tostados ojos observaba a su anciano abuelo con mirada alegre. No había reparado en que el habla se había mudado, regresando en su lugar un dominio de paz y descanso.
Frustrado, extrajo del bolsillo del durmiente de canos reflejos, una moneda que sabía que había llevado ahí desde cientos de siglos. Miró su reverso, inquietándose sus manos que no dejaban de sobar aquel redondeado metal.
Era extraño, pero ahí se prestaba la historia que tantas veces el abuelo le había estado contando. Una moneda y el brillo de los ojos en el joven, que ya sabía desde que la sostuvo entre los dedos porqué el abuelo había decidido regresar a la fugacidad de los sueños.
Contempló la moneda durante los siguientes trescientos años. En ese tiempo pensó y pensó sobre los motivos que le habían llevado al viejo a renunciar a la inmortalidad.
Cuando ambos emprendieron el viaje, jamás pensó en las contradicciones que supondría dejar de lado a la familia, a aquellos amigos con los cuales había compartido el desgaste de la vida, los intrincados y maravillosos tropiezos del ser humano.
El abuelo quiso devolverle a su rostro una nueva y sempiterna oportunidad; no envejecer, y que cada profundo surco se alimentase de nuevas conquistas y reflejos. Por eso se dejó engullir por el cenagal, arrastrando con él a su único nieto, al cual había adorado tanto que le supuso un imposible dejarlo en esa otra vida caduca.
Se dio cuenta que había errado en su avaricia, tras siglos donde había conocido todo tipo de ciudades, nuevos gobiernos, cambios de moda, miles de romances, bailes hasta el infinito amanecer…
Se sentía vacío, engañado por unas ansias que se habían transformado en cartón piedra. Había algo que sí perecía; la ilusión en todo ese tiempo había tomado forma inconclusa de desesperanza.
Recordaba cuando tuvo una mujer, cuando en un único y viejo lecho había dormido abrazado a ella, se recordaba sentado en la mesa junto a sus hijos, compartiendo el hambre, las risas.
…Helena, Marcos, Gaia… Ellos ya no estaban, habían gastado su billete de ida; habrían sufrido, se habrían exasperado por el dolor continuo, por los vaivenes de una mala época. En definitiva, habrían vivido, no como él.
[…Qué inagotable e insignificante es el tiempo que no se vive, que uno pasa de largo. Del que se pretende burlar, sabiendo que éste vence siempre…]
Ya no volvió a escuchar la historia de cuando el abuelo era hombre, de aquellas batallas donde se enfrentó valiente dejando muertos a los costados. De esa invisible línea donde quedaron anclados los recuerdos. La agonizante historia de un hombre que no quiso entender la vida, la mala suerte. Quiso que su destino estuviese cubierto de momentos sin compasión, sin dolor. Al final fue la soledad lo que más le dolería.
Volvió por última vez a mirar la moneda, su reverso, en el que inscrito rezaba un lema que no olvidaría: ´Fel temp reparatio´. Volverán los tiempos felices…

Daros a cada uno de ustedes las gracias por participar con vuestro abrazo, con vuestro ojo sabio a estas lecturas extrañas. Sé que habitan muchas así y comprendo, todavía desconcertada pero alegre, todo el esfuerzo que hacen.
ResponderSuprimirLes deseo una maravillosa semana a TODOS.
Qué raro. No me aparece la actualización de este post. Pero no me importa, es como un viaje iniciático. Los relatos de abuelos, siempre dejan algo. Como la lectura de una moneda.
ResponderSuprimirCreo que es porque ha hecho muy poco que la subí. Coincidimos en nuestras respectivas entradas, por eso no te había salido aun ;).
ResponderSuprimirAdmiro muchísimo la vejez, la experiencia en sí que ofrece, y a los abuelos que cuentan y se hallan en los propios cuentos... me parece mágico.
Gracias por viajar conmigo:)).
A vos.
SuprimirEl tiempo es elástico, y esto me ha dado esa sensación.
ResponderSuprimirY tal vez un tanto escurridizo cuando jugamos a atraparlo.
SuprimirUn abrazo, Alabama.
La inmortalidad, buf, pero que condena!
ResponderSuprimirY un mal negocio para los sepultureros...
SuprimirBesos.
Sublime cuento sobre el tiempo y sus estragos, incluso cuándo creemos detenerlo...Maravilloso.
ResponderSuprimirTu anterior entrada me maravilló, creo que contiene tanta magia y tanto realismo al mismo tiempo...y ese final es antológico, bravo.
Un fuerte abrazo.
Generosas palabras me regalas, Clochard.
SuprimirQue bien lo has dicho, creemos, no conseguimos. Sería casi un sacrilegio que tuviésemos en nuestras manos el poder de manejarlo a nuestro antojo.
Me ha alegrado mucho que ambos textos te gustasen. De verdad que sí. Gracias.
Otro abrazo, paisano.
Y ver su propio rostro vacío-inmortal reflejado en una moneda del Imperio Romano ya es una sublime metáfora sobre el efímero estrago de eternidad que ha sido (a veces) el derrotero humano.
ResponderSuprimiry no habrá ausencia que valga cuando nuestros propios sueños se cumplan (y esa sea la condena),
Excelente relato; que tengas una hermosa semana.
Fuerte abrazo.
Cómo me sorprendes, Juan...
SuprimirY yo que pensé que nadie sacaría el origen de la monedad como así su inscripción.
Tenía que jugar con el factor tiempo, remitirme a un lugar remoto, más que nada para dar sentido a ese transcurso de los años y años que se habían sucedido.
Pero no sabía hasta dónde viajar; sólo tenía una moneda, un reloj, una ciénaga poblada de raíces... Entonces fue cuando la moneda saltó al suelo y se fue rodando; mostrando ella sola el camino.
Sabes, me ha encantado esa hipótesis descubierta tan real; darse cuenta que después de los sueños cumplidos no hay nada... Me ha recordado a un párrafo de El Alquimista, (Revisora, no me odies:s), je.
Gracias por este comentario, como siempre consigues sacar una sonrisa en mí.
Un gran abrazo.
¿Cómo percibiríamos la vida si fuésemos infinitos? ¿Se puede disfrutar de un momento efímero dentro de la eternidad? Me resulta imposible concebir la vida sin un principio y un final, un eje temporal por el que nos desplazamos y cuyo final desconocemos... esa incertidumbre es la que me impulsa a deleitarme con las sorpresas de la vida diaria y no caer en el tedio de una vida cíclica que no parece tener fin. Precioso relato, como siempre una prosa lírica bella para contar una vieja historia, la del rechazo de lo eterno por la vida, pues la vida es efímera, y el tiempo es su materia, sin tiempo la vida pierde sentido, y todo ello queda perfectamente reflejado en el rostro de un anciano abuelo... quién mejor que un abuelo para contar una historia. No hay historia comparable que las que relatan abuelos y abuelas, cuando ellos las explican parecen relatos realmente de otros tiempos, de pasados mágicos que solo llegamos a conocer a través de su legado. El detalle de la moneda omnipresente a lo largo del relato es genial. Incluso en una vida breve, mortal, los tiempos felices vuelven :)
ResponderSuprimirun abrazo bien fuerte YO, como siempre un placer leer tus entradas, aunque no me detenga en todas ellas a comentar.
Sin duda he reflexionado sobre esas preguntas que lanzas, Aka.
SuprimirYa sólo la palabra infinito me suena a mentira, a ese tipo de fábulas con las que sueñas pero que sabes claramente que tan solo son eso, fábulas para contar a los niños, (y los no tan niños).
Un instante, un verdadero instante, trasciende por la propia fugacidad que lo define. Debe tener un claro principio como también un final para que se encuentre en equilibrio. No se puede vivir sin ese tipo de instantes, es como si la magia de la improvisación desapareciese.
Yo desde luego, por muy ´tentadora´ que suene la eternidad, la inmortalidad. Prescindir de los reales valores que te da la vida, como el envejecer, el ser conscientes de la creación tanto como del abandono de ésta, me asusta.
Afortunadamente somos conscientes de que tenemos los días contados, por muy trágico que suene.
Ya he dicho en alguna ocasión que adoro a los abuelos, como también siento cierta pena en el sentido en que me doy cuenta que no se les valora, todo lo contrario.
Por eso siempre que puedo intento que ellos estén en las historias, realmente son ellos los verdaderos cuentistas; con sus historias, su maravillosa forma de relatar los recuerdos, la propia vida…
Te agradezco enormemente tus palabras, como de costumbre siento que construyes algo hermoso cada vez que hablas-escribes. Gracias por ello.
Y no te importe llegar tarde, o no llegar. Tienes siempre las puertas abiertas en este blog.
Enorme abrazo para ese bello lugar que es Suecia. (y frío imagino, je).
Hola guapa!!!
ResponderSuprimirEste relato tuyo, al hablar de la eternidad, me ha recordado a una peli que vi hace mucho tiempo y qe se titula "El hombre bicentenario" es de hace tiempo y seguro que la has visto, pero si no es así, te lo aconsejo. Hay veces que a lo mejor coqueteamos con la idea de ser inmortales, pero (y en esa pelicula lo refleja) es muy muy duro ver desaparecer ante nuestros ojos a los que queremos una y otra vez.
Es una sensación parecida a cuando padres o abuelos sobrevivien a sus hijos o nietos.
Tu relato me ha hecho reflexionar sobre todo ello.
Mil besos!!!
Hola cielo.
SuprimirPues sí, la verdad es que la vi hace ya algún tiempo. Y claro, me gustó. Si no me equivoco viene de una serie de relatos que escribió Isaac Asimov.
Es cierto eso de que coqueteamos con la idea de ser inmortales, pero también creo que lo hacemos sin ser conscientes del todo. A mí me asusta la idea de no morir nunca y tener que ver como los demás se van marchando. Tiene que ser muy triste; una soledad apabullante.
El caso que dices de padres que sobreviven a hijos, pues fíjate cómo se deben de sentir.
No sé porqué querríamos una vida ´eterna´ si ya con ésta y con todos los problemas que tenemos no sabemos ni cómo llevarla. Un desastre, la verdad.
Gracias por tu comentario, Metamorfosis. Me alegra haberte hecho reflexionar;).
Un abrazo grande.
Yo, das en el clavo con la autoría de Isaac Asimov, lo sé bien, porque me encantan sus historias de robots. En "El Hombre del bicentenario", Andrew, un robot domestico adquirido por una familia acomodada, empieza a experimentar sentimientos extraños para una maquina; en realidad el relato, intenta más buscar respuestas al concepto de humanidad que al de eternidad, haciéndose preguntas como ¿qué es un ser humano?. Andrew, progresivamente experimenta emociones y también las personas que conviven con él, de hecho, al final de la historia, el robot llega a la conclusión de que él es un ser humano y que para serlo de forma completa debe morir, sumando así el concepto humano con la mortalidad y lo finito. Es una bonita historia que recomiendo leer, ya que el relato le da unas vueltas a la película, y, rompe ademas, maldiciones, como que la ciencia ficción es literatura de segunda clase. Saludos.
SuprimirA nmí también me gustan, y para nada se tratan de literatura de segunda claro. Ignorantes hay en todas partes...
SuprimirEs buenísima y muy hermosa la historia de Andrew, de esas que le dejan pensando a uno en si realmente valoramos la vida, con todo lo que conlleva. Y a una máquina-húmano que es consciente de que para terminar de ser mortal debe de dar el último paso, el más duro.
Gracias por este comentario, Lázaro.
Yo también recomiendo esa lectura ;)).
Felicidades preciosa...
ResponderSuprimircasi llego a tiempo, son las 23;14 un poco mas y no llego a tiempo de felicitarte, gracias por todas las cosas tan bonitas que me dices y espero que hayas pasado un feliz dia....
BESOS
Por los pelos, niña, ja, ja, ja.
ResponderSuprimirMuchas gracias por las felicitaciones. Como te dije, me hizo gracia cumplir inviernos en la misma fecha que tú. Ya ves que no sólo coincidíamos en lo de los domingos ;)).
Espero que haya sido un día genial. El mío estuvo, que no es poco. A mí es que me está pasando lo contrario que a tí, al principio tenía más ganas que ahora. Y que conste que no es por los años cumplidos, je.
Te mando un abrazo, el tirón de orejas ya te lo di, ¿no? :)).
Al principio creí que ibas a cantarnos aquella canción de I. Serrano pero me precipité en la primera para en la segunda ver surcar vaguadas en mi piel y encanecer mi cabello para cantar a los viejos tiempos. La teoría del abuelo al final se decanta por que caminen juntos nieto y abuelo. Nada de matar a los primogénitos con aburridas historias.
ResponderSuprimirBessos.
Mis deseo no es tan cruel, Daniel, como para pretender torturar a alguien con mi canto, je. Eso se lo dejo a las voces más bucólicas que la mía ;). Aunque tampoco estaba tan mal aquél canto de Ismael…
SuprimirAl final debo decir que el abuelo sí que parte solo, por lo que el nieto se queda varado en el tiempo, congelado en un minutero que en verdad no existe, pero del cual sí se siente el peso.
Después de todo yo creo que sí hubiese preferido el descendiente escuchar una vez más, y otra, y otra… aquellas historias.
Abrazos.
Regresar a ese primer mundo nuestro, el de los sueños, a lomos de la muerte. Renunciar al engañoso pozo de la inmortalidad, porque brilla, sí, y su reflejo es poderoso allá abajo, pero hasta llegar a él hay todo un descenso hecho de frío y humedad que padecer desde la piel hasta lo más profundo del hueso.....y esto para descubrir, al impactar contra el agua, que el reflejo venía de arriba, de la superficie; era la luz del universo mortal la que lo iluminaba y convertía en hermoso destello...
ResponderSuprimirMe gusta mucho la idea de la vida como un campo, cada surco nutrido por los elementos básicos, y su cosecha alimentando nuestras existencias ;))
Volverán, ciertamente, los tiempos felices en bandada de pájaros a posarse en el regazo de quien sabe de veras lo que es VIVIR. Acógelos, pues irá a ti, sin duda!
Un fortísimo abrazo, Yo, y besospájarosalasvuelosssssssss........................un relato fantástico, sí señorita!
Nunca hay que dejarse llevar por las cosas que brillan demasiado… puede tratarse muchas veces del añadido de una capa engañosa de barniz con la que camuflar la real esencia-carencia de las cosas. Mejor confiar en las cosas ´puras´, que aunque no reluzcan tanto, no pueden llegar trágicamente a decepcionarnos tanto.
SuprimirEl primer mundo, aquel que fue y del que intentamos despegarnos, cambiarlo por otro que parecía más fructífero, termina ejerciendo su singular atracción. Fue allí donde comenzamos a sentirnos más fuertes, a pensar en las cosas pequeñas, a querernos más desde los errores, a caminar de puntillas y chocar con nuestra nariz en las nubes… ´Tuvimos que ´morir´ varias veces desde dentro… renunciar… renunciar… renunciar infinitas veces para nacer de nuevo, para que las palmas deshabiten las viejas huellas que no nos identifican.
En el ´reloj´ se abre un campo electro-agrario donde cosechas de instantes graznados se asocian a la chispa ´vital´ donde nutrirse con la siembra de una existencia de la que ser conscientes.
Saber vivir, querido Maquinista, darse cuenta de los ´riesgos´ que se han de producir, siempre será un vuelo desconocido, y temeremos claro, pero eso es la vida. Un aleteo interminable de momentos sorprendentes y maravillosos.
Y no me canso de darle gracias por hacerme soñar, por llevarle a mis manos hermosas aves. Ciertamente les daré refugio, aunque sé que serán ellas las que acaben devolviéndome el vuelo ;).
Otro abrazo para ti, Maquinista. Enorme y de dos vueltas.
Solo la Nada puede soportar la inmortalidad, y ambos conceptos son tan vastos y tan abstractos, que pensar en ellos aun me hace sentirme más mortal y diminuto. Los abuelos están muy devaluados en estos tiempos crueles, donde todo se actualiza: desde la informática, hasta el cuerpo humano... Hoy en día casi parece un crimen envejecer, y la gente habla de la muerte como algo ambiguo y distante. La humanidad acude rauda al gimnasio, se hormona, se opera si es preciso con el ansia de no envejecer... intentando estúpidamente acercarse a la inmortalidad, y paradójicamente, sintiéndose vacíos por dentro, como el abuelo de tu cuento, con la salvedad de que él, inteligéntemente, o así lo entiendo yo, toma la decisión de ser mortal. Un beso Yo.
ResponderSuprimirPD: No sé si es la proximidad de la Primavera o qué, pero veo que andáis muchos de reformas... Esta más alegre sin duda el lugar, aunque como soy un ser de sitios oscuros me siento un poco amedrentado... Me pondré gafas de sol para visitarte... espero que la hermosa mujer de la foto de la derecha, no se burle de mi al verme leer con ellas...
SuprimirEl mortal es una criatura extraña que ha deseado desapegarse de la ´muerte´ (o sea, de la vida), tratando de traspasar un incontrolado túnel que lo llevara a un lugar donde poder esquivar todo tipo de vestigios que le llevara a envejecer.
SuprimirMe parece de lo más estúpido andar engañando, pero no a los demás, sino a nosotros mismos con actos de ´cobardía´ e irracionalidad.
Quien sepa esquivar la vejez… pobre de él, será aquel que trague lodo antes de tiempo, que escarbe sobre su propia tumba antes de tiempo.
Ya lo he dicho en un comentario anterior, adoro a las personas mayores, y tienes razón se les devalúa, se les pega la patada porque ´se cree´ que ya no pueden aportar nada a nuestras vidas. ¨Dadles un bastón de oro, un asiento privilegiado en los transportes, un carné plastificado con cientos de descuentos, y un pase directo al asilo para que no molesten¨…
Me da mucha rabia la verdad.
Ser conscientes que anclamos la vida a un supuesto, a una duda que no termina de responderse, sólo en el momento en que ya será tarde y veremos con nuestros propios ojos que tan solo debíamos de caminar de frente, de vivir cada instante como último. Al tiempo se le debiera abrazar con más ganas antes de que éste nos muestre un camino donde la vuelta atrás resulte imposible.
Gracias por tus palabras, Lázaro.
Un abrazo.
P.D. Aunque parezca más alegre a la vista, por dentro siguen habitando los mismos opacos colores :)).
He tenido que buscar en internet para saber a qué época te referías con esa inscripción, sonaba algo latino así que mi primera suposición fue acertada: el imperio romano.
ResponderSuprimirCreo que el sentido de la vida es precisamente que no es infinita, que tiene su principio y fin, de lo contrario dejaría de tener importancia.
Somos valiosos por esa acotación temporal,y esa fragilidad es lo que marca nuestro destino.
A mí también me gustan las historias de los abuel@s, hay que ver cómo se repiten incesantes los mismos acontecimientos una y otra vez, como una moneda que va saltando de generación en generación.
Visto de ese modo, sí que somos infinitos.
Así es, Noe, a la época Romana pertenecía la moneda de este relato; me ha alegrado mucho saber que estuviste buscando su procedencia ;).
SuprimirEl sentido… Tal vez para muchos de nosotros radique en diferentes opiniones, cada cual desde su perspectiva le encuentre su sentido más personal; según sus vivencias, sus inquietudes, su manera de comprender los movimientos y cambios que le terminan afectando. Pero sí, de verdad que siendo frágil, que se sepa que puede romperse con el más mínimo ´toque´ equivocado, sea parte del encanto de la vida. Algunos queremos creer que el camino de la vida es un sendero constante hacia quebrados pasos donde vamos reinventado los tropiezos. En ellos vemos más el significado que se remite de ese verdadero sentido.
Nadie dijo que la intemporalidad de los momentos radique en los acontecimientos más perecederos, sino en aquellos que permanecen intactos para la memoria.
Gracias por tu visita, Noe.
Un abrazo.
Es duro pensar qué decidiríamos si se nos concediese la oportunidad de ser inmortales, qué ganaríamos y qué perderíamos. Habría que ser muy egoísta e insensible para tomar un camino que nos llevaría a ver enfermar y morir a todos nuestros seres queridos. Un corazón que lo aguantase por propia decisión, habría de estar esculpido en piedra, y su dueño jamás moriría, porque ya estaría muerto. Como has venido a contestar en un comentario, lo que da valor a la vida es que un día llega a su final, y ello es lo que da sentido a todo lo que hacemos en su transcurso. La inmortalidad a nuestro alcance es la de disfrutar cada pequeño instante como si fuera el último. Fácil decirlo, y olvidarlo. Lo que no voy olvidar es decirte que el relato me ha parecido muy bueno, como viene siendo ya habitual.
ResponderSuprimirBELM!
Ganaríamos tiempo, sólo eso. Pero, ¿para qué?... Para nada.
SuprimirYo prefiero: La fugacidad de un inesperado beso, el asombro de los ojos ante un increíble atardecer, la conciencia del transcurso de los días, las heridas que me recuerdan que estoy ´viva´, que puedo caer, exhalar el último aliento desde una exhaustiva carrera de cuerpos entrelazados, ver caer un pétalo en la mano recordándome que dejamos atrás una primavera y le damos la bienvenida a una nueva estación.
Y mil veces temer la partida, porque el miedo nos convierte en seres ´reales´. La eternidad no lo es, ni el concepto, ni la idea.
La elección para mí no es difícil.
Gracias por decir que el relato te pareció bueno, lo que sí es bueno es saber que una vez muera éste nacerá otro distinto, sea mejor o peor).
Un fuerte abrazo.